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Imágenes de la contaminación
Imágenes de la contaminación
No, éste no se tratará de un discurso ecológico ni mucho menos. Aunque bien podríamos hablar de ecosistemas de imágenes a la hora de intentar recorrer ciertos tránsitos de sintomatologías de contagios y contaminaciones entre ellas. Pero además, otro linkeo al título del texto Entre imágenes: foto, cine, video de Raymond Bellour, nos llevaría a territorios todavía más cercanos a las rutas que este posteo intenta merodear. Y mejor aún, a colación de cruces contaminantes de imagin-arios, continúo y me detengo por un momento en otra de las publicaciones del citado autor, en La Doble Hélice, uno de los artículos contenidos en Las prácticas mediáticas predigitales y postanalógicas MEACVAD 08. Allí, R. Bellour diseña un recorrido que va más alla de una historiografía de imágenes, o de un aclaje que sólo atienda a los efectos de acumulación, saturación y aceleración circulatoria con los que nos enfrentamos en nuestros más habituales formas de percibirlas.
La problematicidad entonces se desplazaría hacia otro eje, al de los diversos modos de ser de las imágenes, y más aún en momentos en que la imagen digital o de “síntesis” aparece en escena. Es que ésta hace más evidente la diversificación de esos modos y sus cruces, según dos redimensionados parámetros, el de la cantidad variable de analogía (semejanza/parecido) soportada por la imagen en correlación al “mundo” o a otra/s imágen/es, y el de aquel otro asociado a las relaciones entre lo móvil y lo inmóvil. Luego y a partir de estas cualificaciones, una multiplicidad de modos de imágenes resultaría de entrecruzamientos, contagios, superposiciones e intersecciones entre ellas, ya sea que éstos se den en el interior de la propia esfera de producción de un mismo arte o entre las de diferenciales “lenguajes artísticos y/o estéticos”.
La fragilidad de los cuerpos de las imágenes en permanente estado de alteración, queda en estos viajes cruzados al descubierto. Pero se trataría de un carácter frágil entendido ¿paradójicamente? como fortaleza. Porque es en ese punto de desplazamiento corrido hacia los “pasajes entre imágenes”, en esas interrelaciones que dejan fisuras e intersticios, en donde las imágenes adquieren un potencial de expansión diversificada, perceptible en una doble relación (provisoriamente estable), la referida a la que se establece entre imagen/mundo (eso que llamamos naturaleza), y a la que se establece entre imágenes. Y era inevitable que en estos trayectos entre diferentes grados de analogía, imágenes móviles e inmóviles, pasajes y cruces, surjan cuestiones sobre cine, video, cineanimación, digitalización de la imagen, quizás algunos de los sitios de contagios donde se puedan dar cuenta de los más amplios diagnósticos de síntomas de contaminaciones retroalimentadas y repotenciadas entre las imágenes. Algunos de los siguientes párrafos de la La Doble Hélice de R. Bellour dan cuenta de ellos:
“Es por un lado, la concepción del cine de animación (en la primera década del S XX) la que desplaza la analogía del movimiento [cualidad conquistada por el cine-grabación] y la recompone al grado de una visión figurativa que sustituye a la analogía fotográfica [analogía de la percepción visual] con las viejas adquisiciones del dibujo y la caricatura; esto es, una idea de la visión estructurada más en torno al esquematismo que a la presencia sensible. Por otro lado, diez o quince años más tarde se produce el nacimiento de un movimiento, siempre parcial pero fundamental, que no cesará de hechizar al gran cine figurativo como su mismo reverso: el cine abstracto, más o menos abstracto (también se denominará concreto, integral, conceptual, estructural, “eidético”), que no dejará de reunirse de acuerdo a sus modos, con las preocupaciones de la pintura (o de aquello en que se ha convertido, hasta cierto punto -o en cierto modi, permanentemente- la pintura). De esa manera, en la gradación que se establece entre una o dos artes fundadas en la reproducción mecánica y puestas aparte de las artes que la preceden, se constituye un dispositivo de posibles, fundado en las usurpaciones y los pasajes susceptibles de operarse, técnica, lógica o históricamente entre las diferentes artes.
(…) Aquí es donde podemos instalar lo que puede llamarse, metafóricamente, la doble hélice de la imagen. Esto implica rendir homenaje a la extensión de la naturaleza entrevista por la ciencia, de donde siempre nos viene cierta presión. Es fundamental señalar hasta qué punto están ligadas las dos grandes modalidades que hacen que la analogía se encuentre constantemente amenazada y retrabajada. La primera modalidad toca a la analogía fotográfica, la manera en la que el mundo, los objetos y los cuerpos parecen definidos (siempre por una parte, y más o menos) por referencia a la visión natural -por un cierto estado fijado en la visión natural- que implica parecido o reconocimiento. La segunda modalidad atañe a la analogía propia de la reproducción del movimiento. He aquí los dos poderes que, cada uno y en conjunto, se encuentran puestos en juego y mal puestos en el film cuando la imagen se inclina hacia la desfiguración, la pérdida de reconocimiento, o cuando su movimiento se encuentra desviado, congelado, interrumpido, traspasado por la irrupción violenta de lo fotográfico -el efecto-foto, que concierne tanto a la fotografía como pura presencia en su determinacion sobre la imagen, como a las ficciones de la fijeza y de la fotografía-.
(…) Los dos modos de pasajes aquí anudados en la imagen de la doble hélice constituyen los bordes o los puntos de anclaje, actuales-virtuales, a partir de los cuales se puede concebir lo que pasa-y se pasa- hoy día entre las imágenes. Pero es en el cine moderno y en la era del video que el lazo se estrecha, estalla y se acelera en torno a puntos de cruce de extrema violencia -video que extiende al cine dejándolo a punto de la disolución en una generalidad que no posee número ni nombre en el orden de las artes-. Su paradoja habrá sido la de tomar la analogía con tenazas: de un costado se multiplica la potencia, por el otro la arruina. El video extiende, en efecto, directamente la analogía del movimiento en el tiempo: tiempo real, instantáneo, que redobla y desborda el tiempo diferido del film, y del que el video de vigilancia ofrece la imagen más atroz y pura (…) La imagen digital es la expresión última y paradojal de la metáfora de la doble hélice: por sí misma sin recurrir a ninguna precondición, puede modular virtualmente los cuatro lados que la componen y, sobre todo, variar a gusto sus tensiones, ad infinitum. En un sentido el pixel puede (o podrá o querrá poder) todo. Pero este todo es lo que lo sofoca, lo que mantiene la imagen de síntesis tan incierta en sí misma, atenazada, si se quiere, entre su mito y lo que nos brinda”.
No muy lejos de estos trazados y siguiendo similares rutas de contaminaciones entre imágenes, en otro posteo me refería a ciertos lineamientos que Lev Manovich recorría en Cine, el arte del index, texto que volvía también a retomar los pasos de las primeras experimentaciones precinemáticas del S XIX.
Éstas se jugaron a indagar en las posibles variantes de imágenes del movimiento trabajando en base a la construcción de objetos como el zootropo, el fenaskistoscopio, y otros similares, donde secuencias de dibujos o pinturas, se situaban en superficies bidimensionales (círculos, tiras de papel o cilindros) y activadas por diferentes dispositivos se observaban en secuencias de movimiento circular, en un tipo de narrativa de loop.
Y es casualmente hoy, aunque a primera vista resulte contradictorio, cuando las herramientas tecnológico/digitales permiten volver sobre esos precedentes cinematográficos, al posibilitar otra vez el diseño manual, cuadro a cuadro, en la secuencia fílmica que presenta eso que llamamos cine hoy, “un régimen muy particular de lo visible”. El cine digital representa para la/s imágen/es cinematográfica/s, otras posibilidades de expansion, entendido aquel como “un caso particular de animación que usa filmación en vivo como uno de sus muchos elementos”.
Dos casos de pasajes entre imágenes se me cruzan además en estos momentos. Enlazado en algo con aquello de la narrativa de loops en los primeros “aparatos” precinemáticos, recordé algún otro posteo donde se evidenciaban más de otros contagios. Esta vez vamos al campo de la publicidad, a una técnica llamada “tiempo escultura” y aun video que remixaba los modos de ser de la imagen/escultura(esa que implica a la vez imagen estática pero recorrido visual de rodeo), el de la imagen del movimiento cine/digital activada por la técnica tiempo bala difundida en la exitosa Matrix, y el de la imagen de movimiento circular repetitivo del loop, asociada hoy al universo sonoro del DJ y sonoro/visual del VJ.
El segundo caso me lleva a repasar algunos recorridos abordados por David Oubiña en una charla desarrollada en el Espacio Fundación Telefónica, titulada La juguetería filosófica. Cine, cronofotografía y tecnología digital, y realizada a propósito de la presentación de la publicación de título homónimo inluída en la serie Genealogías de cine.
Las primeras direcciones de la exposición apuntaron hacia los experimentos precinematográficos desarrollados a partir de las técnicas de la cronofotografía, y abordados por los estudios científico/fotográficos de E. J. Marey y E. Muybridge, preocupados por investigar la “anatomía” del movimiento, y más aún su desmontaje, la desnaturalización del efecto de fluidez que de él habitualmente percibimos.
Sí, seguramente el cine le debe mucho a esos famosos estudios que se ocuparon de descomponer el andar del galope de un caballo en una secuencia de imágenes fijas capturadas por los “ensayos” cronofotográficos . Fueron luego muchos los artistas visuales, fotógrafos, videastas y cineastas experimentales que retomaron y diversificaron los posibles modos de ser de la imagen del movimiento derivadas de estas experimentaciones. Entre ellos: P. Cèzanne, M. Duchamp, Man Ray, G. Balla, A. Warhol, D. Vertov, Bill Viola, J. L. Godard, Cindy Sherman, para nombrar sólo algunos de los más reconocidos por algunas “historias de las artes”.
Para dar dar cita visual a algunas piezas de video que David Oubiña expuso durante la charla, les dejo los links a Passage a’ l’acte, de Martín Arnold. Un juego de repeticiones y ralentizaciones de movimiento que a mí particularmente me parecieron como surgidas de los movimientos de la bandeja de un DJ. Se trata de la reelaboración de una escena del film Para matar a un ruiseñor.
Luego, en The Messenger, video realizado por Bill Viola, una secuencia de inmersión de un cuerpo en el agua donde la imagen digital en ningún momento se percibe fijamente estática, y a la vez muestra un continuo movimiento de transformación y cierta sensación de detenimiento.
Por último, en 24 hr Psycho Clip Douglas Gordon reelabora una de las paradigmáticas escenas del film de Hitchcock para, a modo de experimento cronofotográfico detener la fluidez de una secuencia que se extenderá en el tiempo al demorar cada fotografma del original 13 veces más. El tradicional tiempo cinematográfico de imágenes encadenadas en frecuencias de 1/24 segundos de velocidad, se desnaturaliza en pasajes que demorarán aquí 1/2 segundo.
Y hablando de desnaturalizaciones y naturalizaciones, pienso en aquellos merodeos de principios de este posteo, asociados a La Doble Hélice de Bellour. Allí hablábamos de diversos grados de analogía en la doble puesta en relación de dos términos que se juegan cuando hablamos de naturaleza. Por un lado la que asocia imagen/mundo, y por otro a las imágenes entre sí. Interrelaciones, todas ellas a su vez móviles, provisoriamente estabilizadas, permeables a actualizaciones y entrecruzamientos. ¿A cuáles sensacioes, percepciones, impresiones atienden hoy nuestros modos de construir situaciones de analogías o parámetros de versosimilitud? ¿Qué pasa cuándo las imágenes, en sus multiplicados modos de ser, de generar mundos y naturalezas (y viceversa), se contaminan de tal manera que tornan casi imposible definirlas en conceptos que no atiendan siempre a una puesta en escena relacional?
Algunas de estas preguntas me resonaron al leer otras imágenes, unas de esas tantas que se juegan en la literatura. Entre los variados escritos publicados en Descanso de caminantes, uno de ellos relata el Fin de una tarde, en Buenos Aires, 1976 (Pag. 26). En él su autor, A. Bioy Casares cuenta deteniéndose en una serie de descripciones de visualidad bastante precisa, cómo a la salida de un cine, y yendo al encuentro de una mujer, inesperadamente en una esquina, entre sirenas, autos, soldados, policías y corridas acaba siendo testigo de un brutal asesinato. Al terminar su narración escribe: “No podía dejar de pensar en ese hombre que ante mis ojos corrió y murió. Menos mal que no le vi la cara, me dije. Cuando le conté el asunto a un amigo, me explicó: “Fue un fusilamiento”. Si alguien hubiera conocido mi estado de ánimo durante los hechos, hubiera pensado que soy muy valiente. La verdad es que no tuve miedo, durante la acción, porque me faltó tiempo para convencerme de lo que pasaba; y después, porque ya había pasado. Además, la situación me pareció irreal. La corrida, menos rápida que esforzada; los balazos, de utilería. Tal vez el momento de los tiros se pareció a escenas de tiros, más intensas, mas conmovedoramente detalladas, qeu vi en el cinematógrafo. Para mí la realidad imitó al arte. Ese momento, único en mi vida, se parecía a infinidad de películas. Mientras lo vi, me conmovió menos que los del cine; pero me dejó más triste”.
Ciertamente, algunos síndromes de contaminaciones y contagios provocados por tan diversos pasjes entre imágenes, no hacen más que repotenciar la fuerza de su capacidad mutante. Allí, donde lo frágil e inestable puede ser entendido como algo muy distinto a cualquier signo de debilitamiento.
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Algunos apuntes acerca de la Primera Reunión Cámara Free
De coherencias y Decoherencias – Arte, locura y…ciencia
De coherencias y Decoherencias
Arte, locura y…ciencia

Arte y locura, terreno doblemente resbaladizo o mejor multiplicadamente desviado. Sitios visitados y revisitados infinidad de veces y por tantos. Juntos y/o separdos. Da igual. Quizás hoy más que nunca, y en ciertos sentidos, arte y locura en sus trayectos y por tramos se interesectan. Y es que, ¿no entramos acaso en un similar estado de perplejidad cuando nos cuestionamos acerca de nuestros modos de construir, sistematizar y nombrar al arte y a la locura?
Unos días atrás, alguien me hacía una consulta sobre una de las pinturas de gatos publicadas entre las primeras imágenes gráficas en la columna lateral de otro de mis blogs, Artilunio. “Gato cósmico” y “Gato con vacíos” pertenecen a la serie “Zoología Fantástica”, realizada por Luis, un artista psicótico que integraba el Taller de arte inaugurado, años atrás, en el Hospital Borda.

Gato cósmico - Luis - 1970
Un intento de respuesta a aquella consulta me llevó revisar unas entre otras páginas del libro de donde las extraje, “Arte y locura” por M. Cristina Melgar, Eugenio López de Gomara y Roberto Doria Media Eguía, quienes en su Introducción a-notan: “Foucault escribió que, cuando la ciencia comenzó su “largo monólogo con la razón acerca de la locura”, se dejó de oír la voz de la locura. Razón y locura se contradicen. No obstante, las artes, las ciencias y las tecnologías suelen revelar que las distancias son menos largas y las barreras más flexibles. ¿Acaso Goya no llamó al grabado que debía encabezar sus caprichos “Los sueños de la razón producen monstruos”? La sinrazón de la razón y la verdad de la locura no se le escaparon al hombre en ninguna época de su historia.”
Pero volvamos ahora a revisar aquello de que sólo en ciertos sentidos arte y locura se cruzan. Si bien ambos se procuran transitar sitios de desvíos, de otros órdenes o registros de realidad/es; las rutas del arte conducen siempre a una estética comunicable y traslativa (de modos no estables ni convencionales), mientras las diversas formas de locura patológica, no logran desatar sus “otros mundos” del nudo inmóvil de lo irrepresentable. Es allí donde el arte puede representar una alternativa terapéutica para aquellas patologías, tendiendo un puente sobre esa brecha comunicativa. Una distancia que ciertamente hoy, quizás se perciba como más notable.

Esto si tenemos en cuenta que para una diversa producción artística (Web mediante), uno de los pactos fundacionales se configura en y a través de las prácticas del compartir, del (to share) , de los juegos de la comunicación, la circulación, la interactividad y la interconectividad. De la traslación telemática, la interconexión de nuevos mundos interrelacionados y la “re-creación” de universos de sentidos comunicantes de diversos modos.

La cuestión estaría entonces en el cómo, a partir de dónde se codifican esas realidades otras, y no tan sólo ya las surgidas de los espacios del arte o la locura.
Si vamos por un momento a los territorios que producen uno de los mayores efectos de objetivación, a esos de la ciencia, veremos como entre algunas de sus provincias, la de la Física Cuántica viene provocando, hace un tiempo ya, ciertos temblores en los suelos de la estabilidad. A partir de sus apuestas y supuestos teórico/práctico/imaginarios, las conjugaciones de posibles e improbables interacciones sujeto/objeto/entorno/mecanismos de observación, perfilan las más diversas variables de realidad, escapadas de calquier intento de establecer índices estadísticos imperturbables.
Navegando entre principios como el de incertidumbre/indeterminación, referido a la disposición no precisa en el espacio/tiempo de los elementos subatómicos, o el de Complementariedad, acerca del comportamiento dual de aquellos elementos, ya sea que se perciban en forma de onda y/o partícula; y desprendida de esos recorridos, la posibilidad de “imaginar” configuraciones de “universos paralelos”, me encuentro con un ensayo titulado “Borges, Teoría cuántica y universos paralelos”. En él, Oscar A. Marco Rodríguez apunta éste entre otros párrafos:

“La teoría cuántica, aunque extraña y a veces reñida con el sentido común, es la más exitosa y abarcativa de todos los razonamientos de la ciencia física y en y por ella se postula que es posible que no exista una sola “realidad”; pueden existir potencialmente infinitas “realidades” e identidades, tantas como elementos -ora objetos/sujetos, ora sujetos/objetos- que interaccionan (…) en “El jardín de los senderos que se bifurcan”, Borges ya en 1941, a través de sus personajes, nos habla de sus sospechas sobre la potencial multiplicidad de la “realidad”:

“…En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts’ui Pên, opta -simultáneamente, por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones en la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts’ui Pên, todos los desenlaces ocurren…” (Capítulo IV – Desarrollo de la teoría del “Todo” y la metáfora del “Sintonizador”)
Y ya que vamos por estos recorridos de simultaneidades podríamos volver sobre otras realidades que, como las de Luis, el artista psicótico de principios de estos escritos, traían consigo imaginarios felinos. Sí, porque según los pre-supuestos cuánticos de la paradoja del Gato de Schödinger, este singular felino, puesto en una particular situación experimental, podría encontarse simultáneamente vivo y muerto:
“El experimento mental consise en imaginar a un gato metido dentro de una caja que también contiene un curioso y peligroso dispositivo. Este dispositivo está formado por una ampolla de vidrio que contiene un veneno muy volátil y por un martillo sujeto sobre la ampolla, de forma que si cae sobre ella la rompe y se escapa el veneno, con lo que el gato moriría. El martillo está conectado a un mecanismo detector de partículas alfa; si llega una partícula alfa el martillo cae rompiendo la ampolla con lo que el gato muere, por el contrario, si no llega no ocurre nada y el gato continúa vivo. Cuando todo el dispositivo está preparado, se realiza el experimento.
Al lado del detector se sitúa un átomo radiactivo con unas determinadas características: tiene un 50% de probabilidades de emitir una partícula alfa en una hora. Evidentemente, al cabo de una hora habrá ocurrido uno de los dos sucesos posibles: el átomo ha emitido una partícula alfa o no la ha emitido (la probabilidad de que ocurra una cosa o la otra es la misma). Como resultado de la interacción, en el interior de la caja, el gato está vivo o está muerto.
Pero no podemos saberlo si no la abrimos para comprobarlo. Si lo que ocurre en el interior de la caja lo intentamos describir aplicando las leyes de la mecánica cuántica, llegamos a una conclusión muy extaña. El gato vendrá descrito por una función de onda extremadamente compleja resultado de la superposición de dos estados combinados al cincuenta por ciento: “gato vivo” y “gato muerto”. Es decir, aplicando el formalismo cuántico, el gato estaría a la vez vivo y muerto; se trataría de dos estados indistinguibles.”

Se trata de otras coherencias, las múltiples variables definidas por la interacción con el entorno y la acción “creadora de realidad” del observador, pareciera ser que acotarían el abanico de probabilidades. Resulta que ese universo macro al que están acostumbradas nuestras formas de percepción más cotidianas estaría sumamente en-red-ado. Para la observación “científica cuántica”, un objeto macro, en este caso un gato, se presenta como una realidad “interferida”, imposible de observar si no es en íntima interrelación con su medio y su observador. No ocurre lo mismo con elementos micro, subatómicos, los cuales a su nivel de “realidad”, pueden ser aislados y observados en situaciones de diversos comportamientos simultáneos.
Para dar explicación a lo que ocurre en esos diferenciales “niveles de realidades” (micro-macro), en los que las superposiciones se multiplican o reducen drásticamente, la mecánica cuántica echó mano a los lineamientos trazados por la decoherencia, basada en la falta de coherencia de los estados cuánticos:
“Para cada observación hay que hablar de tres subistemas implicados: el objeto (átomo, gato), el aparato de medida (que permite localizar el objeto) y el entorno (o escenario) donde se desenvuelve el proceso. La interacción de los sistemas macroscópicos con su entorno es lo que diluye la superposición de estados cuánticos, según los modelos de decoherencia.”
Retornando una vez más al Gato Cósmico de Luis, me pregunto si en esa imagen felina, puente comunicante “ocura-arte”, esos movimientos dibujando ondas expansivas y multiplicadas no estarán buscando, de algún modo, sintonizar similares frecuencias, ensayando conexiones entre (otras) coherencias y decoherencias.
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Aparatología en Imágenes – Dorkbot Tucumán
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